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El Anciano Rey de los Vinos

María Adela Díaz Párraga

Pocos españoles habrán que no hayan estado alguna vez en Madrid, aunque sea un fin de semana. Pero los que no lo conozcan, deben llegarse hasta el, antes de volar a otros países. Porque Madrid, señores, tiene mucho por ver. Y por catar. Que todo es necesario, y después de corretear por sus calles, de tener un encuentro con sus rincones y recovecos, hay que reponer fuerzas. Y para eso, una les aconseja, que aunque sea solo una vez, entren en una de esas antiguas tabernas, castizas y suculentas, que tanta fama han dado a la capital.

El El El

Bueno, pues para emparejar las épocas, nada mejor que una 
parada en el "Anciano Rey de los Vinos", que ha cumplido en noviembre nada menos 
que un siglo. ¡La de cosas y sucedidos que habrá presenciado! Porque además, esta en 
un sitio la mar de  adecuado para pijotear, ya que se aposenta en la calle Bailen, frente al 
Palacio Real y la  Almudena. La taberna representa la cara mas castiza de Madrid, a la 
vez que señorial por sus vecinos, Y también es muy agradable el trato de camareros que 
llevan en la casa un montón de años, con el de los dueños actuales, una pareja joven y 
de grandes ideas: Belén Cortes y Alejandro Casado.

Fue un 18 de noviembre de 1909, cuando Luis Morón abrió sus puertas como taberna, 
en un edificio del año 1886, el mismo de ahora, que ya se había dedicado a estos 
menesteres. Bueno, un poco menos contundente, porque servia te, café de puchero, y 
naturalmente su poquito de aguardiente, en fin, lo que eran las botillerías. Pero una 
piensa que fue después, ya con Morón, cuando según cuentan, se escapaba el rey del 
vecino palacio, para saborear el buen vino de la taberna. Porque ya empezaba a correr, 
para delicia de buenos bebedores, la mistela de Tomelloso, esa mistela  clara u oscura, 
que todavía se puede disfrutar en el Anciano. Y los vinos con marca por derecho aunque 
fueran de granel: "Viejo", "Los viejos", y "El Anciano rey", gloria bendita y que dio 
nombre al establecimiento. Bueno, a ese y a tres mas,  porque Luis llegó a regentar tres 
tabernas, en la calle de la Paz, en Fuencarral y en Leganitos. El Anciano fue subiendo 
como la espuma gracias a sus cosas buenas y a la fidelidad de la clientela, pero en el año 
1931, y por aquellos de los vientos republicanos, tuvo que quitar la palabra Rey del 
rotulo. Aunque peor fue cuando en el trienio del 36 al 39, tuvo que cerrar como otros 
tantos. Pero en 1940 volvió a abrir y se remozo, adornándose con los azulejos blancos y 
verdes que todavía la cubren.

Pasaron los años, y naturalmente Luis se jubiló como todo hijo de vecino, 
sustituyéndolo su sobrino Abilio Manzanal, aunque en sus días, ya  solo estaban la 
taberna madre de Bailen y la de la calle de la Paz. En esta época ya hubo que agrandar 
el mostrador, cambiando el antiguo de madera de nogal, por uno de bakelita y acero 
inoxidable. Y  también entró en escena Constancio Cortes, un chico de quince años, que 
en poco tiempo aprendió el duro trabajo de la barra, y el buen hacer del tabernero.

Y fue pasando el tiempo, sucesos y personas, y llegó el momento en que Abilio, por su 
edad, tampoco pudo seguir gobernando el establecimiento, y Constancio que ya había 
cumplido los treinta años tomó el relevo de la taberna, y allí estuvo hasta que se jubiló 
en el año 2002. Pero ya había en marcha una nueva generación, Belén Cortes, la hija, y 
el yerno Alejandro Casado, que han tenido la suerte de ver el feliz momento del 
Centenario. Ellos reformaron la taberna en el 2005 y crearon el salón comedor en lo que 
fue el antiguo almacén, que ahora se aposenta en los sótanos.

Pero ya es hora de que les cuente algo de la actual taberna. Pues verán, la fachada sigue 
pintada de rojo, el color del vino, ese color tan típico de las antiguas tabernas 
madrileñas que anunciaba al caminante que allí se vendía alcohol. Con el buen tiempo 
el Anciano saca a la puerta sus mesitas, y la convierte en una terraza en la que muy bien 
caben cerca de cincuenta personas. En ella, con la vista romántica de la Almudena y el 
Palacio Real, se toman ustedes su copita del vino de la casa, o cerveza, o vermú de 
grifo, o la rica sidra de barril, acompañados de una galletitas, o unas anchoas con 
tomate, o los boquerones con patatas a la inglesa, que decían antes.

Entran ustedes, y se encuentran los mismos techos altos, las mismas columnas, el 
mismo ambiente cálido y acogedor, con aromas de buena cocina. Una barra la mar de 
cómoda, que con la ultima reforma se ha convertido en mármol, y detrás de ella, 
veteranos que como les decía antes, están en la casa hace montones de años, como 
Estanislao. Un sitio donde degustar las delicias de la casa, porque las tiene. Un reloj de 
no se sabe cuando, espejos antiguos, carteles, lámparas "belle epoque", imitación de las 
primitivas… Pasando la arcada, entran en el comedor, que acoge en sus mesitas de 
mármol y forja, unas treinta personas. Paredes con azulejos blancos y verdes, asientos a 
elegir entre las bancadas de manises pegadas a la pared o las sillas. Por cierto, que las 
esquinas de las paredes son piedra sillar, que se descubrieron cuando sus propietarios, 
transformaron el viejo almacén  en salón comedor. Aparadores antiguos, y una comida 
que hace pecar a un santo.

Porque aquí, señores, se puede desayunar, comer y cenar. Aparte de aperitivos y 
meriendas. Y es que para empezar el día, nada mejor que un buen café con leche con 
pestiños, o torrijas si es la época. Unas torrijas de vino, pecaminosas o celestiales, según 
se mire. Y  bollería o tostadas, y si quieren algo mas contundente pues les recomiendo 
el pan con tomate o un pincho de tortilla. Y claro, está la hora del aperitivo, hora 
sagrada para el que sabe disfrutarla, y donde lo oportuno es el vermú de grifo, o el 
vinillo, acompañados de las tapitas que antes les mentaba. Y ya puestos, ¿por qué no 
quedarse a comer? El abanico es toda una tentación: Pulpos y bacalao, chopitos, 
croquetas, gambas con pulpo y gulas, ibéricos, los típicos huevos roto, tiritas de pollo al 
cabrales, emparedados de calabacín , delicias de morcilla con manzana, setas con salsa 
de ajillo, solomillo al vino dulce, los castizos callos a la madrileña, y por supuesto, el 
plato rey, el rabo de toro, guisote menestral que es una  obra de arte. Para rematar, 
postres caseros. Tartas de mil maneras, al yogur, al chocolate con requesón, de yema, de 
chocolate blanco, flan con chocolate… Y que no falten las torrijas de la casa. Eso si, 
todos acompañados de una copita de su mistela.

Pero tengo que decirles, que si pasan ustedes por allí, se pidan la tapa "Centenaria", una 
creación de Belén y Alejandro, ideada para festejar este cumpleaños. Un guiso de rabo 
de toro,  envuelto en pasta brik,  y a la que han puesto el nombre de Regalitos de Torito.

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