Ochenta y tantos años en sus
paredes, ya que nació en los felices años veinte del pasado siglo, en pleno
poderío de la controvertida Ley Seca. Ni que decir tiene, que estaba
convenientemente camuflado, que en menos que se cuenta aparecía la policía y se
llevaba a clientes, propietarios y empleados de los clubs. Y por supuesto, todo
el licor disponible, que ya le gustara a una saber, que hacían con el o a que
manos iba a parar. Pero eso señores, es otra historia.
Pues como les
decía, fue en el año 1920 cuando dos amigos y compañeros de universidad,
tuvieron la feliz idea de instalar un club, con el generoso propósito de dar de
beber al sediento. Y no agua, precisamente. Le pusieron el nombre de “Red
Head”, y se aposentaba en una discreta vivienda unifamiliar, en la calle 52 de
Greenwich Village. Nadie se hubiera podido imaginar, que tras aquella sencilla
e inocente verja de hierro, se abría un diminuto local. De que no recibiera una
visita indeseada, se encargaba un empleado de confianza, que a través de una mirilla,
podía ver si eran clientes habituales, gansters, policías o los temidos
inspectores del fisco. Y cumplía tan escrupulosamente su cometido, que se
cuenta que pudo eludir casi todas las redadas de la policía; excepto una, allá
por los años treinta.
Pero esta sirvió
de escarmiento a sus propietarios. Contrataron arquitectos e ingenieros, que
diseñaron un sistema de seguridad la mar de sofisticado. Era como el escenario
de una película de espías con falsas escaleras, y paredes que ocultaban mas de
dos mil cajas de las mejores cosechas. Allí podían encontrar ustedes Montrachet
1889, Romanee Conti 1880, y hasta el exquisito Chateau Lafite Rothschild. Pero
no crean que era fácil penetrar en el misterioso mundo de la bodega, no
señores. Solo se podía abrir introduciendo una varilla especial a través de un
diminuto orificio, para correr el pestillo. En cuanto se tenia la menor
sospecha de que iba a aparecer la policía, los botelleros se plegaban
automáticamente, y las botellas bajaban con cuidado por una rampa,
desapareciendo como por arte de magia.
Las cosas han
cambiado mucho, y hoy el 21, se ha ganado una merecida fama de ser el mejor
restaurante de Nueva York. Ahí están para demostrarlo esos personajes famosos
que han pasado por sus lujosos comedores. El naviero Onassis, que tenía
debilidad por la “Hamburguesa 21”; la “Salsa 21”, la salsa de la casa, un
mejunje endemoniado de ketchup, con la que se curaba la resaca el periodistas
Heywood Brown. En cuanto a Joe di Magio, el famoso jugador de baseball y marido
de la mítica Marilyn Monroe, se volvía loco con el “Chicken hash”, el pollo con
verduras rehogadas. Al restaurante lo conocen como el de “Power luncheons” o
“comidas de poder”, porque dicen que en sus mesas, se cierran fabulosas
operaciones y negocios, que no se consiguen en ninguna sala de juntas.
“Si te
sientas a la barra el tiempo suficiente, pasará a tu lado el mundo entero”. Eso
dicen. Y es que señores, allí se va a comer y ser visto. Nadie que se precie,
puede dejar de ir al 21. Estrellas de cine, deportistas, cantantes,
poderosos ejecutivos, millonarios de siempre y nuevos ricos. Hasta los
presidentes de Estados Unidos, de Roosevelt a Clinton, han estado allí. Una
sociedad elitista, que se mueve rodeada de la mas curiosa colección de objetos,
desde accesorios deportivos hasta maquetas de barcos y aviones, que han donado
los altos ejecutivos de las compañías.
Con los años el Club 21, ha pasado por varias manos, y su ultimo
propietario, Orient Express, se hizo con él en el otoño de 1995.