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Fin de Semana
   
 
Ruta del Vino de Jumilla

María Adela Díaz Párraga

Pues ahí la tienen ustedes, es Jumilla, la infanzona. Tierra defendida por las sierras del Carche, la Larga, la de la Pila; a ella se llega después de atravesar la paramera de la Venta del Tollo, la Cañada del Judío y las ampulosas tierras de la Casa del Rico. Si pasan por este paraje, no dejen de ver la Torre del Rico, una magnifica obra del año 1573, realizada en buena piedra sillar, y que ha merecido ser declarada Monumento Histórico Artístico.

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Cañadas grises y olivares verdes, y la pincelada medio candida, medio lujuriosa, de la flor del azafrán,  mas rica que un Potosí. Jumilla cría un aceite gordo y espeso, y cereales y esparto, y triscando en sus tierras que se encaraman en la sierra, la estampa bucólica de los rebaños de cabras y ovejas. Pero lo que marca el paisaje por encima de todo, es la mancha morada o verde-dorada de sus viñas.

Jumilla tuvo sus mas y sus menos, cuando allá por el siglo XIII, la pasaron de castellana a aragonesa sin contar con los jumillanos. Al mismo rey acudieron a presentarle sus quejas, que eran gente arriscada los de la tierra, y el rey les dio privilegios, y se los siguieron dando los monarcas que le sucedieron hasta llegar a Carlos III.  En el siglo XIV fue territorio de los marqueses de Villena, amos de medio reino, señores feudales de horca y cuchillo. Y en el XVII, se encontró metida en la guerra de los Austrias. Por esta tierra, rica y bravía, luchó el de Villena con la viuda de Alonso Yáñez y el marqués de Castrojeriz. 

Pero bueno, esto es casi presente porque Jumilla estuvo habitada en los albores de la humanidad, por gentes que en sus momentos de paz, plasmaron en la Cueva del Peliciego, figuras de jabalíes, de ciervos y de bisontes. También los iberos habitaron la tierra, y se dice  que con ellos fue  la casi legendaria Coimbra de que hablan viejos escritos.  Pero de lo que no hay duda, es que fue la Gemina romana, y que la fortaleza que allí en lo alto vigila celosa, tuvo habitantes patricios. Pero no perduró el nombre que le proveyó el imperio, porque con la llegada de los árabes paso a llamarse Yumilla, de donde deriva su nombre actual. Aunque en realidad estuvo allí como vigía desde la Edad del Bronce, y en la Edad del Hierro, los iberos construyeron su poblado fortificado. Después, como les decía, fue romana, y sobre las ruinas de esta civilización levantaron los árabes su alcázar islámico. Aunque ha ido cambiando con las distintas culturas, la cara que ahora tiene se le debe al mentado Marques de Villena. 

Y ya de un poco mas cerca, del siglo IV, es el monumento funerario paleocristiano, que se conoce como el Casón, con su planta de cruz griega. Esta bien conservado, y también  es Monumento Nacional. En mil cuatrocientos y pico, las gentes empezaron a bajar del amparo del castillo, y se fue formando la actual población, pasando por diversas andanzas. En fin, que todos esos avatares han dejado marca en la tierra jumillana. Piedras seculares que cuentan las viejas consejas de tiempos pasados, casonas señoriales, rejas del XVII, decoraciones platerescas, y muchas cosas dignas de ver.

Ahí tienen ustedes el Palacio del Antiguo Concejo que se remonta al siglo XVI, con columnas salomónicas, portada clásica, y una alta galería gótica con columnas estriadas, casi manuelinas. El edificio tiene tres cuerpos, separados por cornisas que se apoyan en columnas toscazas. En uno de ello, se aposenta la famosa Lonja, y otro acoge el Salón de Plenos del Concejo; ahora alberga también el Museo Arqueológico, el escudo de la villa, da fe de su cometido Y hay que ver el Ayuntamiento, que tiene  cimientos con solera, ya que se levanta sobre lo que fue Hospital del Santo Espíritu, que a su vez se apoyaba sobre una vieja ermita del mismo nombre. Es un edificio de dos plantas, con un patio muy amplio con mirador de madera, y un soberbio Salón de Sesiones; ha sido  remodelado varias, veces, y en la ultima se le puso en la fachada el precioso balcón de forja. Casonas las hay a montones, y se las irán encontrando en este caminar por la ciudad. La Casa Modernista neogótica-gaudiana, la Renacentista, la Casa Honda, la del Barón del Solar, la de Pérez de los Cobos, la de Cutillas...

Y  el Teatro Vico, un elegante edificio de finales del siglo XIX, con una fachada de tres cuerpos y medallones de yeso. La obra la realizó el famoso arquitecto Justo Millán,  y en el año 1890, le dieron el nombre del actor Antonio Vico. Se restauró en  el 1991.

De la diversión a la devoción, porque tienen que ver uno de los símbolos de la ciudad: la Parroquia Mayor de Santiago, que aunque se empezó en el siglo XV, no se terminó hasta primeros del XIX, y alberga, como es natural, todos los estilos que se desarrollaron en esos siglos. La nave central es gótica, parte del coro renacentista, sacristía y capillas barrocas y neoclásicas, y de este mismo estilo, es parte del coro y las sillerías. La joya mas preciada de este templo, es el retablo Mayor, de estilo castellano, que hicieron  en el siglo XV,  Francisco y Diego de Ayala. La iglesia guarda como oro en paño un maravilloso Cristo, tallado en marfil, de gran valor histórico y artístico. Desde su torre maciza donde se abre la antigua Sacristía, se pierde la vista en un horizonte tapizado de viñedos.

Iglesias hay a montón, y todas dignas de verse. Ahí esta la iglesia del Salvador, del siglo XVIII, que se apoya sobre la viejísima Ermita de Ntra. Sra. de Loreto. Es una mezcla barroca y neoclásica muy interesante, con la  fachada con dos torres, y el retablo principal, pintado sobre tela, es obra de Pablo Sistori. O la de Santa María del Rosario, del siglo XV, a la que llaman también Santa María del  Arrabal. Se apoya sobre una necrópolis islámica, y fue Parroquia Mayor durante los siglos XV y XVI. La iglesia se levantó  a instancias de San Vicente Ferrer, cuando predicó en la ciudad allá por el año 1411.
       
Eso sin contar las ermitas, que las hay muy interesantes. La de San Agustín, frontera entre el campo y la ciudad,  que tiene el honor de albergar  a la Patrona de Jumilla, la Virgen de la Asunción. Tiene una sola nave, un pequeño coro sobre la entrada, y como algo singular, hay que destacar sus dos cúpulas. Y también la ermita de San Antón, del siglo XVIII, con la cruz del santo presente en la pechina y sobre la puerta lateral. En  la base de la cúpula,  el escudo de la ciudad rodeado por el collar de la Orden del Toisón de Oro. La ermita ha sido hospital, escuela y ahora Museo de Semana Santa. Y hablando de museos, no se pierdan el de Jerónimo Molina, con su riqueza histórica, o el del Vino, del que les contaré algo después.

La ermita de San José, de finales del XVIII, donde triunfa el barroco murciano. Es de una sola nave, y la única piedra que se utilizó en ella fue la de la portada. Según cuentan, se construyo para dar la comunión a los presos de la vecina cárcel.

Bueno, y eso que ven, es el Arco de San Roque, un pequeño templo, pero que hasta tenia su ermitaño. Se construyó en el siglo XVII sobre la  antigua Puerta de Granada, que se llamaba así, porque abría el camino a la ciudad andaluza; por cierto que el ermitaño,  era el encargado de abrir y cerrar las puertas. El templo primitivo, se hizo de madera, pero se quemo, y después se reconstruyo de obra. El suelo es precioso, todo de azulejos, y en el centro aparecen los distintivos del santo, la esclavina, el bastón con la calabaza, y por supuesto el perro.

Y callejeando, callejeando, se van a encontrar la Plaza de Arriba, el jardín del Rey Don Pedro, el Callejón del Fisca, el Jardín Botánico, y muchas cosas mas.

Me gustaría que el ultimo recuerdo que se llevaran ustedes de esta tierra vinatera, fuera este paraje hermoso y agreste, en medio de la sierra y rodeado de pinos seculares, que alberga el Monasterio Franciscano de San Ana, a quien los jumillanos, llaman cariñosamente "la Abuelita". Un conjunto formado por el convento, la iglesia con museo, huerto... El atrio esta cuajado de pequeñas ermitas de azulejería popular del XVIII, que representan el Vía Crucis y los Dolores de la Virgen. La  iglesia, que es de 1580, tiene una fachada impresionante, con dos torres gemelas, y una imagen de la santa coronando el conjunto. Guarda un Cristo atado a la columna de 1776, y que es una de las obras maestras del famoso imaginero Salzillo. También se guarda allí, una talla del siglo XV, que representa a Santa Ana. En el monasterio se aposenta una pequeña comunidad de franciscanos, y se dice que el propio San Pascual Bailón tuvo allí su celda.

BUENA MESA
Bueno, pues la gloria bendita. No pueden dejar de probar los sequillos, una filigrana reposteril, decorados con merengue, y famosos en toda la región. Tanto como el gazpacho jumillano, digno de las bodas de Camacho, opípara muestra de la cocina del lugar. Dicen que su origen es judío, y  acoge junto a la torta cenceña, conejo o liebre, perdiz, pollo, champiñones y caracoles. Gachasmigas con tropezones, platos de caza, guisotes menestrales, cabrito frito con ajos, asados con su chorrito de tinto joven, Ternera en salsa, a la que el poquito de vino, convierte en unas sinfonía de sabores. Un chorrito en la sopa del cocido, mezclado con el caldo de las carnes, es algo afrodisíaco. En  este caldo, se cuecen los rellenos, donde la candidez del pan rallado, oculta el hígado o la magra del cerdo, los ajos y el perejil.

Buenísima está la empanada de patatas, donde las patatas fritas se emparejan con atún, huevo, pimientos y piñones. En cuanto a los dulces, aparte de los mentados sequillos, est*n las perusas, harina, huevo y azúcar y su chorrito de anís.  Los rollos de vino, los pasteles de anís, las cristóbalas...

Y por si eso fuera poco, Cayetano Herrero, dueño de la Heladería Cinema de Jumilla,  ha creado los exquisitos helados de vino. Los tienen ustedes de vino dulce, blanco seco, Monastrell, reserva y hasta de mistela. La heladería abrió sus puertas allá por los años cuarenta del pasado siglo, y recibió ese nombre por ser vecina de un cine, también lo es del Teatro Vico. La saga la inició el abuelo, Cayetano Herrero, le siguió su hijo Victoriano, y ahora está el segundo Cayetano, creador de los deliciosos  helados.  

LAS UVAS... 
Pues ya es hora de que les cuente, que la madre de estos vinos ha sido la uva Monastrell, la mas representativa del viejo reino de Murcia. Uva tinta, de racimos pequeños y apretados, de granos prieto de color azul violeta la mar de atractivo. Color, aroma y sabor, esos son sus atributos, y durante años, ha sido la única permitida por el Consejo Regulador de la Denominación de Origen Jumilla. Con los nuevos tiempos y los nuevos vinos, se ha dado entrada a otras variedades,  como la garnacha tinta, cencibel,  cabernet sauvignon, merlot, sirah, petit verdot, y algunas mas.  

... Y EL VINO
El vino es algo muy especial que calienta, colorea y da sabor a la rosa de los vientos murciana. Por si solo ha llenado paginas de la historia y la leyenda, de la política y de la guerra. Y no digamos del amor, porque no me pueden negar ustedes, que uno se siente mucho mas cariñoso después de echarse dos tientos al cuerpo. Una no sabe, en que remotos días de la historia se abrieron los caminos de vino murciano, ni que lejanos antepasados apretaron las uvas hasta sacarles el ultimo mosto. Pero a través de siglos, ha perdurado este menester.

Según escribia Madoz, alla por el año 1850... "Jumilla produce 15.000 arrobas de vino de excelente calidad, especialmente del que se recoge en las partidas de la Cueva, y la Casa del Rico".

Secos, dulces, añejos... Los vinos jumillanos han sido ancestralmente tintos en un 90%, bravíos, afrutados y con una graduación que podía llegar a los 21º. En la actualidad han perdido grados, pero han conservado sus cualidades, ese sabor único, ese aroma incomparable, ese color que abre un abanico de rojos imposibles. Un color rojo rubí intenso, con 12/13º, francos en nariz, calidos en boca. O esos rosados como chorros de aurora, con aromas frutales, muy vivos, fragantes, equilibrados y de baja graduación. Algún que otro blanco, realmente buenos, o los dulces sin empalagos. En fin, que ustedes no pueden hacer esta ruta, seguir el camino jumillano, sin catar sus magníficos caldos.

Con  el vino están ligados casi todos loa acontecimientos de esta tierra. Les hablaba antes del  Museo del  Vino, aposentado en una antigua casona jumillana, la de los Carcelén. Fue  Juan Carcelén Herranz el que inició esta colección hace mas de medio siglo, toda una vida dedicada a amontonar piezas para la labor vinícola, sin pensar que un día llegaría a formar una importantísima colección con mas de mil piezas. Como museo se abrió en el año 1970, y entre otros tesoros, guarda un ánfora grecolatina de hace 2.500 años, varias romanas, una precolombina, una prensa antiquísima andaluza, otra del siglo XIV, otra del XVI, una de las primeras maquinas de moler uva, y un sinfín de piezas auxiliares del vino. Damajuanas, odres,  una curiosa colección de sacacorchos, otra  de copas muy antigua, arados, tinajas, una interesante biblioteca... Todo presidido por una antigua talla del dios Baco. También hay una cocina como la de las antiguas casas de labor, con cacharros de cobre, cer*mica, porcelana murciana...

Ya les decía que su patrona es la Virgen de la Asunción a la que festejan rumbosamente en los calurosos días de agosto, con las Fiestas de la Vendimia. Calores que no solo producen las altas temperaturas, sino el vinillo que mana sin parar de la Fuente del Vino, como si de la tierra de Jauja se tratara. Se pisa el vino con alborgas como en épocas no muy lejanas, se ofrenda el primer mosto al Niño de las Uvas, y la Cabalgata del Vino, recorre las calles de la ciudad. 

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