La Ruta del Vino de Bullas

Mª Adela Díaz Párraga.

Andando estos caminos, el visitante va a tener un encuentro con el fascinante mundo del vino, pero además, Bullas abre de golpe el abanico de lo insospechado ante los ojos sorprendidos del viajero. Ligados a su paisaje singular, está la historia, los monumentos que atesora, sus bodegas arcaicas,  su mágica artesanía. Con el aliciente, de que esta ruta no sigue un trazado fijo, si no que según el espíritu de aventura del caminante, puede escogerla a su antojo, eso sí, siguiendo el camino que marcan el vino y las bodegas.


Pero antes de empezar a andar, déjenme que les cuente algo sobre esta villa. Bullas, se arrima a la sierra de Pedro Ponce, antigua línea fronteriza de Castilla y de Aragón, vecina de la sierra del Cagitán, secano duro, tierra agrietada, rojiza, con resplandores azules de puro que es el aire, malvas y siena. Y  de pronto, la sorpresa del verde frondoso en la huerta de La Rafa, y en la hacienda del Carrascalejo, con su Cristo viejo y milagrero; y la mancha blanca de La Copa, aldea con solera con una pila que tiene historia, la  “pila robá”, que los bullenses arrancaron con astucia a los cehegineros, que se la tenían “secuestrada”. El  río Mula nace alegre por estas tierras, y corre presumido,  sabiendo que su agua es bienvenida, y va morirse tranquilo en el Segura.

Bullas aparece como Abula en las talas de Ptolomeo. Vieja y revieja, que en ella ya vivieron gentes hace más de cinco mil años, que ahí están para demostrarlo los restos hallados en el Cabezo del Oro, el Castellar, Fuente Mula, Pasico Ucenda,  y en algún otro mas. Después la cultura argárica, los iberos, los cartagineses, que dicen que la llamaron Abula Batistana, y hasta se cuenta, que en el siglo I de nuestra era, fundó en ella una catedral San Segundo. Unos lo creen y otros no, pero vaya usted a saber. Los  romanos, no crearon ciudad, pero sí una serie de villas señoriales, dedicadas a la agricultura; una de las más famosas es la de “Los Cantos”, que se remonta nada menos que al primer siglo de nuestra era. Fueron los árabes, ya en el siglo XIII, los que fundaron la ciudad y el pequeño recinto amurallado. Y hasta le regalaron nombre, porque según su lengua, Bullas quiere decir “burbujas”, por sus muchas fuentes de aguas termales. Con los cristianos perteneció a la Orden del Temple y a la de Santiago. Luego,  se mantuvo un tiempo despoblada hasta que a finales del XVI, fue formándose  una población alrededor del antiguo recinto medieval, a veces sobre los viejos muros del castillo. El primer templo cristiano dicen que fue la vieja ermita que pertenecía al  Mayorazgo de los Fajardo, y estaba dedicada a San Antón el Abad. En  este mismo siglo se le unió la pedanía de “La Copa”, y en el XIX, estrenó lavadero público, teléfono y telégrafo, y con los albores del 1900, la luz eléctrica.

Bullas esta ahí, rica, llena de vida, pasando apurillos a lo largo de su vida por el agua …pero allí estaban con la panza llena a rebosar, varias fuentes que dieron de beber a la tierra, y llenaban la gran balsa que se construyó allá por el 1500. La flor del almendro y la del azafrán, ponen a trechos manchas blancas y rojas,  compadreando con el sensual colorido de las viñas.

Pero ustedes, lo que querrán es que les cuente algo de lo que se van a encontrar en la villa. Pues para empezar, la plaza de España en el casco antiguo. La plaza y sus alrededores, que tienen usía. Presidiéndola, la iglesia de la patrona, de Ntra. Sra. del Rosario, que se edificó en el siglo XVIII. Y ese edificio modernista tan precioso, es la Casa de los Melgares, levantada sobre una antigua posada, y que además de vivienda particular, ha sido sede de los sindicatos, Colegio de las Religiosas  del Amor de Dios, y ahora, Casa de la Cultura. Y algo muy emblemático del lugar, una estatua de bronce, que representa el pisado de las uvas, homenaje merecido a todas esas personas anónimas, que son parte muy importante en el milagro del vino.

Vecina de ella es la plaza Vieja, el centro histórico de la villa, y donde una vez al mes, se instala el mercado artesanal del Zacatín. Que da gusto verlo, señores, con ese runruneo de colmena que es como el latir del corazón de la villa, ese ir y venir, sus tenderetes llenos de colorido, y ese quehacer tan mediterráneo del comprar y el vender. La artesanía de la tierra, los dulces, los embutidos, las mil cosas buenas. Y la plaza del Castillo, que aposentaba la fortaleza medieval de la que aún se conserva parte de una torre, y restos de muralla. Dicen, que ese arco que se ve ahí, era la antigua entrada al castillo. Y aquí y allá, casas pintadas con los tradicionales colores murcianos: Azul, almagra, ocre… 

Bueno, de casonas, de buenas y ricas casonas, está sembrada la villa. Ahí tienen ustedes la de los Carreño, en la calle Tercia, con unas rejerías que son pura filigrana. O la Casa  Museo de don Pepe Marsilla, bueno, de don José Marsilla Melgares de Aguilar, que hay que ser respetuosos. En la casa verán reflejada la vida de finales del siglo XIX, la vida de los ricos, claro. En ella se conserva la preciosa decoración modernista, y en la parte de atrás, está el lugar dedicado a la labor. Y como es natural, la bodega donde se puede ver como se elabora el vino destinado a la venta, y otro espacio donde se guardaban como un tesoro, los mejores caldos.

Personaje muy importante en el transcurrir de la vida, es la Torre del Reloj, En un entorno precioso del Camino Real, rodeado de casonas señoriales, está la torre. La construyeron en el 1900, y su misión era regular las tandas de riego de los agricultores. Y  el reloj tiene su prosapia, que se  fabricó nada menos que en Suiza .

Pero no es solo el pueblo, que en los alrededores, hay parajes realmente bucólicos, lugares que bien se merecen un alto en el camino. Como “La Rafa” que en su día aposentó la Estación Sericícola, que ya saben ustedes, que la seda ha metido muy buenos dineros en las arcas de esta tierra. En ella, encontraran camping, apartamentos, restaurantes y  piscinas.

Y no se pierdan el paraje del Molino de Abajo, a la vera del río Mula. Hay varios molinos harineros, pero el más emblemático es sin duda el que le regala el  nombre, que al  restaurarlo, conservando su maquinaria original, se ha convertido en hospedería y restaurante. Una, guarda  un recuerdo muy especial, para un ajoharina pecaminoso que tuvo la suerte de saborear en sus manteles. Parada obligada es el Valle del Aceniche, rodeado de sierras, con unas vistas que ensanchan el alma. Allí nace el río Mula, y hay sitios tan pintorescos como el “Pasico Ucenda” y el “Salto del Usero”. Y  además, se van a encontrar con “La Balcona”, una bodega familiar de gran tradición vinatera, donde se aposentan cepas de más de cincuenta años. Y el Castellar, que guarda páginas de la historia de Bullas.

No quiero nombrar las bodegas que se van a en encontrar al paso, por si olvido alguna, lo que no seria justo, pero sí quiero hablarles de  la “Bodega de la Balsa”, aposentada en la calle de ese nombre, que lo lleva por existir en ella una vieja balsa en la que se recogía el agua de la acequia principal. Y aunque se han hecho reformas, conserva las viejas maquinarias, y en sus veintitrés tinajas, caben hasta diez mil litros de los ricos caldos. En la parte de arriba, donde tenían su vivienda los antiguos propietarios, tiene su sede el Consejo Regulador de la Denominación de Origen de Bullas. Muy cerca, los restos de una fabrica de aguardientes, que eran famosos los bullenses.

EL VINO
Del vino de Bullas hay que hablar despacio y tomarlo con calma, trasegándolo. El cultivo de la vid en Bullas, se remonta a la noche de los tiempos, que ahí esta para demostrarlo, el Niño de las Uvas, una escultura que se encontró en la villa romana de “Los Cantos”, que antes les mentaba. Y hay viejos papeles del año 1657, que hablan de la elaboración del vino, o las actas capitulares de mediados del XIX. Y por supuesto las mas de doscientas bodegas repartidas por su casco urbano, muchas de ellas de los siglos XVIII y XIX.
Y la madre del vino, las uvas de  Monastrell, variedad autóctona de estos lares, y  la mas representativa del viejo reino de la Murcia vinatera. La Monastrell es uva de grano pequeño, compacto, de un color azul-violáceo muy atractivo. Color, aroma y sabor, con una gran cantidad de componentes buenos para la salud, regala a los vinos de Bullas una personalidad única. Vinos blancos, rosados, tintos jóvenes, y de crianza. Y el Consejo Regulador velando celoso, para que se cumplan todas las normativas, controlando el uso de otras variedades.

LA GASTRONOMÍA
Bullas tiene un clima de inviernos la mar de fríos y achicharrantes veranos, así que sus pucheros han de acomodarse  a estos contrastes. Unos condumios contundentes y ricos, muy mediterráneos. El mentado ajoharina, michirones,  rin ran o pipirrana, el  “empedrao” que es arroz con habichuelas, pimientos y bacalao; o el no menos suculento arroz con conejo, Menestrales gachasmigas, llenas de tropezones, de tocino, de longaniza, de morcillas. Tropezones, que aparecen también en las talvinas, que dicen que vienen de Mula, y que son unas tortas de trigo con repizcos de pimiento y ajos,  y ricas patatas asadas en la llanda, a ser posible, en horno de leña. Les aconsejo que dejen un huequecito, porque falta el digno remate de estos yantares: Las torrijas, unas torrijas chorreantes de azúcar y canela, que convierten un simple pedazo de pan,  en algo celestial o demoníaco, según quien lo cate. Y no olviden los esponjosos bizcochos de almendra, manjar de reyes.

MUSEO DEL VINO
Que lo tiene, faltaría mas, y como es natural, se aposenta en una vieja bodega del siglo XVIII, con bóvedas de crucería, que fueron fabricadas con ladrillos de barro cocido. La bodega que fue propiedad de los Melgares de Aguilar, una de las familias mas ricas de los contornos, atesora en sus dos plantas mas de ciento diez tinajas, antiguos jaraíces y otras muchas cosas. Tiene salas para exposiciones y catas, y hasta una tienda con productos enológicos, donde pueden adquirir los vinos.

 

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